La tesis fundacional: por qué todo aprendizaje real empieza con un problema que el estudiante todavía no sabe resolver, no con una explicación que todavía no necesita. Referencia a estudios de aprendizaje basado en problemas (Hmelo-Silver, Barrows) y la experiencia directa del autor enseñando matemáticas.
Llevo años dando clases de matemáticas y hay una escena que se repite tanto que ya perdí la cuenta de cuántas veces la he visto. Explico un tema —digamos, factorización— durante veinte minutos. Ejemplos en el pizarrón, pasos ordenados, todo impecable. Pregunto si hay dudas. Nadie levanta la mano. Cinco minutos después les doy un problema para resolver solos y la mitad del salón se queda viendo la hoja sin saber por dónde empezar.
Durante mucho tiempo pensé que el problema era mío: que no había explicado bien, que necesitaba otro ejemplo, otra analogía. Ahora creo que el problema es el orden. Les di la herramienta antes de que existiera, en su cabeza, algo que la herramienta resolviera.
Esto no es una intuición aislada. Cindy Hmelo-Silver, en un artículo de 2004 que se volvió referencia obligada en investigación educativa, describe cómo el aprendizaje basado en problemas invierte la secuencia tradicional: primero un problema complejo, sin una única respuesta correcta, y solo después —cuando el estudiante ya necesita algo para resolverlo— entra el contenidocomo un método instruccional en el que el aprendizaje se centra en un problema complejo que no tiene una única respuesta correcta. El estudiante no recibe el conocimiento empaquetado. Lo persigue porque lo necesita para salir del atasco en el que está. SpringerYumpu
Howard Barrows, que llevaba desarrollando este enfoque desde los años setenta en escuelas de medicina, notó algo parecido con estudiantes que memorizaban listas enteras de síntomas y enfermedades sin poder diagnosticar a un paciente real enfrente. Sabían el contenido. No sabían usarlo, porque nunca lo habían necesitado para nada concreto.
Lo que me parece más contundente no es la teoría, es lo que pasa cuando alguien se toma la molestia de medir la diferencia. En 2014, Scott Freeman y su equipo publicaron en PNAS un metaanálisis de 225 estudios que comparaban clases expositivas tradicionales contra métodos de aprendizaje activo en cursos universitarios de ciencias, tecnología, ingeniería y matemáticas. El resultado: los estudiantes en clases con enseñanza expositiva tradicional tenían 1.5 veces más probabilidad de reprobar que los estudiantes en clases con aprendizaje activo. No es una diferencia marginal. Es la diferencia entre pasar y no pasar, multiplicada por cientos de miles de estudiantes en 225 estudios distintos. PNAS
Y aquí viene la parte que casi nadie discute en voz alta: si el problema antecede a la herramienta produce mejores resultados medibles, ¿por qué seguimos construyendo escuelas —y universidades, y programas de bachillerato— donde la secuencia por defecto sigue siendo la contraria? Contenido primero, aplicación después, si acaso queda tiempo.
Creo que la respuesta es simple y un poco incómoda: explicar es más fácil que diseñar un problema bueno. Preparar una clase expositiva toma una tarde. Diseñar un problema que obligue al estudiante a necesitar exactamente el contenido que quieres enseñarle, ni más ni menos, toma mucho más trabajo. Requiere pensar hacia atrás: no "qué le voy a explicar" sino "qué tendría que enfrentar esta persona para que lo que le voy a explicar deje de ser opcional".
En Aldea esto no es una técnica que usamos de vez en cuando. Es el principio con el que empieza todo diseño curricular, sea un curso de una tarde para una empresa o una materia de un semestre completo. Antes de escribir una sola línea de contenido, nos preguntamos qué reto va a enfrentar el estudiante primero. La herramienta —el concepto, la fórmula, el marco teórico— entra después, cuando ya hay una necesidad real esperándola.
No pretendo que esto sea una idea nueva. Barrows lo aplicaba en los setenta. Lo que sí creo es que sigue siendo, cuarenta años después, la parte más difícil de ejecutar bien en cualquier sistema educativo, incluido el nuestro. Es mucho más fácil decir "el problema va primero" que efectivamente diseñar cada jornada de clase alrededor de esa frase.