Los títulos universitarios certifican permanencia, no competencia. Cómo las microcredenciales con evidencia verificable cambian la conversación entre egresado y empleador. Referencia a los marcos de la UNESCO sobre micro-credenciales (2022) y el trabajo de Wheelahan & Moodie.
Tengo un título de Ingeniería en Sistemas. Es un documento bonito, con sellos, firmas y un escudo. Certifica que estuve inscrito en una universidad durante cierto número de años y que aprobé cierto número de materias. Lo que no dice —lo que ningún título dice— es qué sé hacer hoy. No dice si puedo diseñar una base de datos, resolver un problema con un cliente enojado, o aprender una tecnología que ni existía cuando me gradué. Certifica permanencia. No competencia.
Esto no es un defecto menor del sistema. Es cómo está diseñado. Un título universitario es, en esencia, un certificado de asistencia sofisticado: aprobaste, acumulaste créditos, cumpliste los años. La suposición implícita es que si estuviste ahí el tiempo suficiente, algo se te pegó. A veces es cierto. A veces no. Y el documento no distingue entre los dos casos.
El empleador lo sabe, por cierto. Por eso, después de leer tu título, te hace una entrevista técnica, te pone una prueba, te da un periodo a prueba. Todo ese aparato existe porque el título no contestó la única pregunta que al empleador le importa: ¿esta persona puede hacer el trabajo? El diploma abrió la puerta, pero nadie confía en que diga la verdad sobre tus capacidades.
Aquí es donde entran las microcredenciales, y donde tengo que ser honesto sobre lo que son y lo que no son. UNESCO publicó en 2022 un reporte para llegar a una definición común, redactado por Beverley Oliver. La definición que resultó es útil por lo simple: una microcredencial es un registro de logros de aprendizaje focalizados, que verifica lo que el estudiante sabe, comprende o puede hacer, evaluado contra estándares claramente definidos y otorgado por un proveedor confiable. Lo importante de esa definición no es la palabra "micro". Es la palabra "verifica". Una microcredencial bien hecha no dice "esta persona tomó un curso". Dice "esta persona demostró que puede hacer X, y aquí está la evidencia".
Esa es la diferencia de fondo. El título certifica que entraste y saliste. La microcredencial certifica que demostraste algo específico. Una habla de tiempo; la otra habla de capacidad.
Ahora, la parte honesta. Hay una crítica seria a las microcredenciales que sería deshonesto no mencionar. Leesa Wheelahan y Gavin Moodie, en un análisis de 2021 muy citado, argumentan que las microcredenciales se apoyan en una visión de capital humano donde el individuo invierte en sí mismo tratando de adivinar los requisitos del mercado laboral. Su preocupación de fondo es contundente: al fragmentar el conocimiento en unidades pequeñas y alineadas con la industria, se vuelve casi imposible desarrollar conocimiento profundo, con secuencia y jerarquía. Ellos lo llaman, provocadoramente, "credenciales gig para la economía gig".
Esa crítica es correcta, y hay que tomarla en serio. Una microcredencial aislada, que certifica una habilidad suelta desconectada de todo lo demás, produce exactamente el problema que describen: trabajadores con un catálogo de habilidades fragmentadas y ninguna comprensión estructural del campo en el que trabajan. Si las microcredenciales fueran un sustituto de la formación integral, Wheelahan y Moodie tendrían toda la razón y yo estaría del lado de ellos.
Pero no tienen que ser un sustituto. Pueden ser una capa de evidencia sobre una formación que sí tiene profundidad, secuencia y estructura. La diferencia está en si la microcredencial reemplaza al programa o lo hace legible. En Aldea, cada carrera universitaria y cada trayecto de bachillerato tiene una arquitectura curricular completa, con secuencia y jerarquía, exactamente lo que Wheelahan y Moodie defienden. Lo que hacen las microcredenciales encima de esa arquitectura es resolver el problema del diploma: en vez de un solo documento al final que dice "terminó la carrera", el estudiante acumula un registro verificable de qué demostró y cuándo. El título sigue existiendo, con su valor de reconocimiento formal. Pero deja de ser lo único que el egresado puede mostrar.
Pienso en el estudiante que termina y va a su primera entrevista. Con el modelo tradicional lleva un título que dice que estudió cuatro o cinco años. Con un modelo de microcredenciales encima de una carrera bien diseñada, lleva ese mismo título más un registro de proyectos concretos que resolvió, habilidades específicas que demostró, y evidencia de cada una. Cuando el empleador pregunta "¿qué sabes hacer?", la respuesta ya no es "confía en mí, estudié". Es "aquí está lo que hice, míralo".
No pretendo que esto resuelva todos los problemas de la educación superior. Wheelahan y Moodie tienen razón en que si el mundo se llena de microcredenciales sueltas sin ninguna estructura detrás, habremos empeorado las cosas, no mejorado. La microcredencial no es virtuosa por sí misma. Es virtuosa solo cuando hace visible un aprendizaje que de verdad ocurrió, sobre una base que de verdad tiene profundidad.
El diploma tradicional pide un acto de fe: cree que estos años valieron algo. La evidencia verificable pide otra cosa: revísalo tú mismo. Me parece que la segunda es una forma más honesta de tratar tanto al estudiante como a quien lo va a contratar.
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Referencias
- Oliver, B. (2022). Towards a common definition of micro-credentials. UNESCO.
- Wheelahan, L., & Moodie, G. (2021). Analysing micro-credentials in higher education: A Bernsteinian analysis. Journal of Curriculum Studies, 53(2), 212–228.
- Wheelahan, L., & Moodie, G. (2022). Gig qualifications for the gig economy: Micro-credentials and the 'hungry mile'. Higher Education, 83, 1279–1295.